Douglas Adams: el filósofo holístico

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Resulta un ligero malabar mental mirar a Douglas Adams, autor de ciencia ficción e inventor de la nave bistro-mática (propulsada por la relatividad del tiempo cuando se pide la cuenta en un bistro italiano) como un pensador serio; pero entre el absurdo humor cósmico y las referencias excesivamente locales a Islington, Inglaterra, se esconde una visión única sobre la realidad, la vida, y todo lo demás.

Tendido, medio ebrio, en la campiña Holandesa en 1971, Douglas Adams ojeo su guía, prestada, enlodada, para recorrer Europa pidiendo ride, se rindió debido a la casi total oscuridad, y mientras buscaba platillos espaciales con ojos felices y jóvenes, se le ocurrió que era indispensable que alguien escribiera una guía para navegar la galaxia pidiendo ride. Se le olvidó la idea en cuanto se quedó dormido. Pasaron seis años de insatisfacción creativa, hasta que la BBC le dio un programita radiofónico de ciencia ficción, el cual tomó con saña aumentando las horas en cabina a un punto ridículo, que ponía su presupuesto a niveles de tener que pagar diez segundos del programa Columbo.

Alienígenas burocráticos, robots deprimidos, presidentes con dos cabezas; cuando la novelización de los primeros seis episodios llegó al número uno de la lista, y simplemente se quedó ahí, semana tras semana, era claro que alguien estaba escuchando.

 

Si resulta creíble el primer libro, con unos dioses ratones, la industria de planetas hechos a la medida y el motor de improbabilidad —era ligero—, las ideas de Adams no se reducían al viaje entre estrellas, pues viajaban entre las matemáticas que aprendió de Oxford, la música que escuchó en Escocia y los animales que conoció en el Congo. Dijo sobre la música:

…algunos se oponen a tal concepción de la música, arguyendo que si esta se reduce a las matemáticas, ¿dónde queda la emoción? Yo contestaría que la emoción nunca ha estado al margen. Las cosas que pueden suscitar nuestras emociones —la forma de una flor o una urna griega, cómo crece un niño, el viento al acariciar el rostro, el desplazamiento de las nubes, sus formas, la danza de la luz sobre el agua, los narcisos que palpitan con la brisa o el movimiento de la cabeza de la persona amada con las correspondientes oscilaciones del cabello, la curva descrita por la caída del último acorde de una música que agoniza—, todo eso puede describirse mediante la compleja fluencia de los números. No es la reducción de la música, es su belleza…


Aquí vemos una concepción del mundo que solamente puede vivir en el ecosistema de la ciencia ficción; no es enteramente poética, ni es enteramente científica, sino holística, en cierto sentido.

Holística es precisamente la palabra que caracterizaba a la escritura de Douglas Adams, porque cuando estaba a punto de terminar su saga de ciencia ficción, necesitaba un dato sobre animales y decidió contactar a un amigo suyo. El resultado es que, cinco años después, estaba con pantalones kakis observando un dragón de Komodo y escribiendo el que sería su último libro, La última oportunidad de ver, una guía para el explorador que se propone ver por última vez a las especies que desaparecerán antes del 2020.

Douglas Adams falleció en lo que sería una terrible coincidencia: un día antes de su cumpleaños cincuenta, de un infarto fulminante, una semana antes de que la película del viajero pidiendo ride intergaláctico estuviera a punto de iniciar su filmación.

Es curioso que muchas de sus ideas resultaron tener variaciones prácticas. Por ejemplo, el pez de Babel, de sus libros, una criaturita que al insertarla en el oído traduce todo lo que se le diga a uno, es ahora la bases para una poderosa empresa de traducción (Babel Fish) y que, encima de todo, es una de las inspiraciones detrás de crear un instrumento de bolsillo, capaz de traducir al instante lo que se oye. También resulta interesante que, una de sus primeras aportaciones, era un compendio portátil al que se puede acceder libremente desde cualquier parte del globo; en otras palabras, la Wikipedia.

La parte que yo me llevo, que atesoro de su sabiduría e increíblemente original forma de pensamiento, es ésta: El universo, con sus estrellas explotando, niños riendo e impuestos penosamente altos, no es tan simple y lineal como se cree; no debido a una magia invisible, sino debido a la basta cantidad de información que lo compone. Si pudiéramos medir cada hebra de pasto, cada pelota en medio del aire, cada palabra reverberando a través de la atmósfera, habría una sinfonía, una dulce música que en secreto lo organiza todo. Infantil, ridículo, quizás, pero como diría uno de sus personajes, Dirk Gently, —Tenemos que ser como niños, porque ellos ven las cosas como son y no como las explicaciones que nos han dado dicen que son—.

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